domingo, 8 de enero de 2012

Las ciudades, al tamaño de la gente.

Si se logra esa vieja pesadilla de unos cuantos, de convertir todo el espacio entre Pachuca y Tizayuca en una plancha de cemento, entonces se construirá una ciudad monstruosa sin precedentes, de más de 120 kilómetros de largo, abarcaría Mineral de la Reforma, Pachuca, San Agustín Tlaxiaca, Zapotlán, Zempoala, Villa de Tezontepec y Tizayuca en Hidalgo, para continuar por el Estado de México hasta el Distrito Federal.

La avenida de los Insurgentes será la avenida Revolución. El gris será el color predominante y los vientos soplarán smog.

Pero no debemos esperar mucho, ese futuro ya alcanzó a Pachuca y Mineral de la Reforma, y es un futuro en el que la ciudad, mejor dicho las ciudades, porque en esta zona metropolitana hay muchas (El Chacón, C. Doria, Tulipanes, Providencia, Pachuquilla y Pachuca entre otras) se van deshumanizando. Las grandes avenidas, que se ven muy bien en la inauguración y en los informes de gobierno, parten las comunidades y se convierten en fronteras para el peatón y la bicicleta, actividades que vienen a ser ahora deportes extremos.

Ante la falta de un transporte público eficiente se va contracorriente del consenso al que el mundo ha llegado de favorecer el transporte público para que dejemos de usar el coche.

Se planea poco y se invierte mucho para las casas de la gente de más de 5 salarios y mínimos, y se arroja a los demás, a los que ganan menos de 5 salarios, a las manos de especuladores, que intercambian la posibilidad de satisfacer la carencia de una casa por el pago permanente en dinero y la voluntad política de los necesitados.

La ciudad se come al campo y los ejidatarios, cuyos comisariados ejidales pensaban hacían un negocio, se pierden entre el mar de casas y la pobreza. Y el verde del campo, la palma, el nopal, el maguey o el pino son sustituidos por el concreto. Se precisa construir y emplear el cemento, pero también es necesario no vivir sin poder ver cerros, bosques y campo.

La ciudad mejora cuando mejora la vida cotidiana, cuando mejora la forma en que bebemos, amamos, comemos, vamos al mercado, caminamos o jugamos en ella. Se precisa una ciudad a la medida de su gente, no una ciudad que se imponga a sus habitantes.

En el Congreso Federal es necesario dar voz a estas preocupaciones, a los artículos 25 y 26 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, relativos al desarrollo nacional y la planeación, para que no sólo se ordene donde van casas y carreteras, sino para construir ciudades a nuestra medida.


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sábado, 7 de enero de 2012

Una ciudad escudo que no protege de nada. Quimeras vs. utopías

Desde hace 30 años, se le ha antojado a funcionarios y empresarios de dentro y fuera del estado de Hidalgo crear una ciudad de 2 millones de habitantes entre Pachuca y Tizayuca. Recientemente se planteó crear ésta otra vez a las afueras de la ciudad de Pachuca. Cuando se les preguntó, a los autores del proyecto, cómo resolverían el problema del agua para esta nueva ciudad, si se carece de la suficiente en la actual, afirmaron que si fuera por el agua ya no se construiría una sola casa más en esta región del estado.

Ése es el nivel con que se miden los problemas de planeación en el estado y ahora tenemos dos tendencias que se refuerzan. Estas tendencias son: 1) el crecimiento debido a la migración y el crecimiento natural de la población, y 2) el crecimiento inducido por la especulación inmobiliaria.

El primero es debido a los migrantes de la Zona Metropolitana de la ciudad de México, del interior del estado y de aquellos que viven ya en la ciudad y desean crear una familia nueva. La segunda de estas tendencias debería de estar dirigida a satisfacer la demanda de la primera, pero su objetivo principal es la venta de vivienda, y se dan los casos en que se ofrece como crédito a personas que deciden aplicarlo en Pachuca (aunque sea Mineral de la Reforma u otro municipio de esta región). Existen casos en los que chiapanecos han venido a visitar su casa, porque no pueden habitarla, y así, lo que creían un beneficio se convierte en un problema. Cualquiera que sea el porcentaje que se escoja, 35, 40 o 60 por ciento, la desocupación es un problema importante en numerosos fraccionamientos.

Actualmente, sin planeación, sólo existen proyectos de negocios, ambas tendencias avanzan, 9,000 casas o 20,000 casas, cifras que se mencionan en la prensa cual si esos datos no significaran 40,000 o 80,000 nuevos habitantes para los cuales no se ha planeado, trabajo, esparcimiento, educación o salud. Por otro lado, otro número de casas, tal vez similar, se ofrece en coches estacionados, mercados, casas, como anuncios en el terreno y nadie aclara como se van a construir los servicios, dotar de agua o satisfacer el empleo de esa población.

El Estado de México pasó por esta encrucijada a finales de los años cincuentas, se pensaba que se podía construir lo que fuera, sin restricciones ecológicas y sin planeación. Hoy, el resultado en Nuevo Chalco, Neza o Ecatepec es una amarga realidad en la que la inversión durante años para remediar sus problemas no ha bastado. Lo que no se planee hoy costará muchas veces más corregir en el futuro.
Por ello, es preciso que no se planeen sólo zonas, sino también conceptos arquitectónicos y urbanísticos. Una buena parte de los constructores también viven en esta región y deben de tener interés de no crear un monstruo insufrible para todos. Los funcionarios, que a veces combinan su función pública con la de empresarios, también deberían de tener estas inquietudes.

Cuando se discutió el asunto de la Ciudad Escudo, participé en la mesa, lo rebatí y los asistentes nos dieron con su voto la razón; los autores, enojados, mencionaron que no era cosa de pensar en utopías. La utopía y la pesadilla son sueños, en un caso de una sociedad mejor y en el otro un mal sueño. Para mejorar debemos soñar y pensar en lo bueno; lo malo, como esta pesadilla, llega solo y no se requiere casi ninguna imaginación, y quienes la promueven concientemente, sabiendo que está mal, deberían de despertar; eventualmente todos pagaremos con angustia y desosiego el costo de sus malos sueños.

Desde el Congreso Federal, no basta con asignar más recursos a la Zona Metropolitana, se debe de reorientar el crecimiento.






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viernes, 6 de enero de 2012

Contar con los pobres no es lo mismo que contar pobres.


Nadie, que recorra comunidades, barrios y colonias, o permanezca unas horas en los hospitales y centros de salud puede dudar de la gravedad de la pobreza de nuestro pueblo. Su intensidad es tal que no permite que un gran numero de nuestros compatriotas coman adecuadamente o que tengan casa.

Por eso la pregunta es ¿Qué hacer?

De fondo la pobreza tiene su origen en la falta de justicia y desarrollo, y esta sólo acabará cuando los trabajadores y las desposeídos tengan salario y empleo, casi 30 años de privilegiar a los muy ricos por gobiernos priístas y panistas son el origen de esta situación, y el país sólo cambiará cuando tengamos un nuevo tipo de gobierno cercano a la gente.

El problema económico lo trataremos en ese punto, pero en relación con los programas de contención, los paliativos que moderan la pobreza, necesarios en tanto no tengamos una sociedad justa, es preciso discutir y cambiar su orientación en el Congreso Federal.

Los programas de atención a la población pobre tiene como objeto mejorar las condiciones generales de las familias, para que estas cubran la brecha de alimentación y necesidades básicas que les permitan trabajar y desarrollar sus actividades diarias adecuadamente, en tanto no cambiemos esta sociedad estos programas deberán de existir.

El problema es que su administración es costosa, burocrática, muchas veces inhumana y las más se utiliza como moneda de cambio frente a los ciudadanos, la mayoría de los funcionarios ven estos programas como una forma de comprar voluntades y con ello perpetúan la marginación y no permiten organizarse a las comunidades y barrios.

Así, por ejemplo, se habla de focalizar, de centrar los recursos en los más pobres, lo cual es correcto, pero se falla en las comunidades rurales, indígenas o no, con poblaciones menores a 2500 habitantes, sin caminos, ni servicios ni empleos bien remunerados, en las cuales se elaboran padrones costosos para poblaciones donde prácticamente todos son pobres y seria más fácilmente aplicar los recursos en forma general y no partir estas poblaciones, entre los que tienen la gracia de acceder a una despensa, una beca o un apoyo y los que no. Situación preocupante en comunidades que tradicionalmente han vivido unidas y son separadas ahora por la aplicación de recursos que no los van a sacar de la pobreza pero que si rompen con su organización.

En estas comunidades los apoyos deben ser generales y se debe de llevar a cabo públicamente y a través de las autoridades comunitarias, excepto cuando, al igual que sucede con las actuales autoridades, se desvíen de sus fines. Sin embargo, a este nivel, la evaluación pública de un programa garantiza fortalecer la organización interna en lugar de su rompimiento, más transparencia y lo que ahora no se tiene, la auditoria por parte de los propios beneficiarios.

En los centros urbanos como Pachuca y Mineral de la Reforma el crecimiento de la población es el crecimiento del número de pobres. En Pachuca, los barrios altos están marginados al igual que varias de las comunidades rurales que están siendo absorbidas por la ciudad y las colonias de ciudadanos sin casa que son explotados y se les chantajea por sus necesidades a cambio de apoyo político. En algunos de ellos hasta el 75 por ciento de la población esta por debajo de la línea de pobreza. Para ellos el procedimiento, al igual que en las comunidades, implica numerosas horas de espera. Esto debe cambiar, desde el Congreso Federal se deben discutir la naturaleza, la orientación de estos programas y su aplicación. Debe ser un procedimiento más humano, sencillo, transparente, con evaluación pública de los propios beneficiarios y verificación aleatoria. Los programas para paliar la pobreza deben permitir un mayor bienestar, organización, democracia y fortalecer, antes que menguar la dignidad de sus beneficiarios.

En días recientes el gobernador del estado mostró sus dudas sobre el tamaño de la pobreza en Hidalgo y descalificó al organismo encargado de medir el número de pobres. En Hidalgo, aquellos que no son pobres ni son vulnerables, esto es que cuentan con vivienda digna, alimentación adecuada, servicios y seguridad social son apenas 13 de cada 100 habitantes, el resto no están bien, carecen de servicios y 50 de cada 100 hidalguenses ni el CONEVAL encontró duda en calificarlos como pobres. Estos se encuentran también en Pachuca y Mineral de la Reforma (32.3 y 22.5 por ciento respectivamente). Andando el estado, ante el impacto de la pobreza existente, si hubiera duda, esta sería ¿Por qué no se reporta más?

100 de cada 100 hidalguenses debemos preocuparnos por la necesidad, el hambre y la miseria. Ya se contaron, podrá diferir un poco el número, pero se precisa solucionar de fondo y humanizar los programas de atención a la pobreza. Contamos con la buena fe de todos, incluido el gobernador, pero debemos contar con el malestar de los pobres para que estos se manifiesten y cambien las cosas.

Hidalgo necesita una revolución pacífica, ya los pobres han puesto demasiados muertos.

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